La labor del profesor III. Planificación

1274927_304123549730710_733690399_oSomos ya unos profesores motivados, que mantienen su ilusión por la música y por el trabajo de transmitir nuestra experiencia a los demás. Tenemos delante a nuestros alumnos, que también tienen su ilusión, y sus expectativas les mantienen motivados. Todos, ellos y nosotros, sabemos a dónde queremos llegar. Pero aún tenemos que buscar el camino que nos vaya acercando a nuestro objetivo.

No todos los alumnos llegan a la música buscando lo mismo: habrá quienes aspiren a llegar a hacer de ella su oficio, y quienes disfrutarán siendo unos buenos aficionados que encuentran en la música una forma de realizarse y de evadirse de su realidad cotidiana. Habrá quienes quieran tocar en una orquesta sinfónica y quienes tengan su vocación en la enseñanza, o en la música popular, o en la de cámara. Cualquier objetivo es válido, y el profesor tiene que buscar la manera de llegar a él con la menor inversión posible de tiempo y esfuerzo.

A la hora de fijar el objetivo a largo plazo, es imprescindible que haya una comunicación fluida entre el profesor y el alumno, de forma que las aspiraciones de éste se afronten con realismo y evitar posteriores frustraciones. Sobre todo en las etapas más tempranas, el profesor tiene que saber ver las virtudes y el potencial de su alumno, para no hacerle albergar vanas esperanzas pero también, y esto es importante, para no limitar su progresión. El objetivo fijado inicialmente puede ser modificado y convertirse en algo más ambicioso, o adaptarse a nuevas circunstancias o expectativas. Puede ocurrir que a lo largo de sus estudios el alumno conozca otras alternativas (porqué no la música antigua, o el jazz, o…) que le hagan cambiar de opinión. O quizá encuentre su camino fuera de la música ¿quién sabe?

Para cada uno de estos diferentes objetivos hay diferentes caminos, y es ahí donde el profesor es importante. El recorrido por la música no consiste en ir desde punto inicial hasta el final de cualquier manera. Para eso no hace falta un profesor. Cualquiera puede ir progresando por su cuenta, ir del ejercicio 23 al 24, del 24 al 25. Pero eso, a la larga, no es más que una pérdida de tiempo. Hace falta una planificación.

Y esa planificación tampoco consiste en seguir sin más un libro, o un método, o una programación. Es necesario comprender bien todas las necesidades técnicas y artísticas del instrumento y de la interpretación musical para poder sacarle partido a todo ese material. Cuando se hace una programación, se piensa en cual es el objetivo final de esos estudios, ya sean de escuela de música o de conservatorio, y se adapta a un alumno ideal que, por definición, no existe. Se contemplan todos los aspectos técnicos y musicales, pero de una manera estandarizada (probablemente tampoco se podría hacer de otra manera). Se abarca toda la enseñanza del instrumento en una sucesión de contenidos que raramente es posible cumplir. No pretendo hablar en contra de las programaciones, sino resaltar la necesidad imprescindible de adaptar sus contenidos (no tanto los objetivos) a la realidad de cada alumno.

Quizá en otras disciplinas sea más fácil hacer una secuenciación de contenidos generalizada, pero el estudio de un instrumento está lleno de imprevistos: el alumno que enseguida domina algo para lo que habíamos calculado más tiempo, un compromiso o una oportunidad de tocar que nos obliga a elegir otro repertorio, algún problema técnico que surge y hay que resolver. Hay muchos factores que pueden incidir, y debemos saber adaptarnos a ellos para que el alumno saque el mayor provecho posible a su estudio.

No debemos dudar en recurrir a cualquier explicación, ejercicio, estudio u obra, sea cual sea el nivel en que lo tengamos en nuestra programación, si creemos que es lo que nuestro alumno necesita para solucionar su problema, para progresar, para conocer otro repertorio, para realizarse en público, para mantenerse motivado, para cualquier cosa que a nuestro juicio le vaya a ayudar.

Porque lo importante es la planificación global y personalizada que hemos hecho para que nuestro alumno consiga sus objetivos. Sabemos, de acuerdo con él, adónde quiere llegar y hemos buscado el camino. Tenemos claro qué técnicas tiene que adquirir y qué recursos emplear. Hemos decidido un orden a la hora de aprender las cosas: qué irá después de qué. Qué repertorio debe conocer y qué debe hacer para dominarlo. La programación es una ayuda, un apoyo, pero no basta por sí sola. Es lo que subyace bajo ella, sus aspectos técnicos y musicales, lo que ayuda al joven instrumentista a progresar, y por eso debe ser constantemente adaptada.

Quizá esto sea de lo más bonito del trabajo de profesor: ir buscando con el alumno la mejor manera de avanzar, superar etapas en pos de un objetivo, sentir cada vez y con cada uno de ellos la satisfacción que un día sentimos por nosotros mismos.

Ánimo

JMR

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