Qué le pido a una caña (y qué no)

Cuando hablo con otros oboístas y con otros músicos que están al corriente de las “particularidades” de nuestro instrumento, la mayoría se sorprenden cuando les digo que me gusta hacer cañas. Y es cierto, me gusta. Ya sé que para la mayoría es una dificultad añadida al oboe y que envidian la seguridad que un flautista o un trompetista tienen de que la boquilla sea siempre la misma, pero seguro que éstos tienen sus propios problemas.
 
Prefiero pensar en la necesidad de hacer cañas como un paréntesis en el estudio, un momento de bricolaje que tiene como premio una caña nueva que puedo modelar a mi gusto. Pero también es cierto que tengo la ventaja de muchos años de práctica que me proporcionan la seguridad de que esa caña que estoy haciendo va a funcionar. Ahí está el secreto: en la práctica. Siempre digo que enseñar a hacer cañas es muy fácil, cuestión de cinco minutos, pero queaprender a hacer cañas es cuestión de años. Hay unas nociones que hay que conocer, saber qué partes forman una caña, de dónde hay que raspar más y dónde hay que dejar más madera, pero es la práctica continuada la que nos da la confianza en nuestro raspado.
 
Hay muchas formas de raspar una caña, pero todas ellas buscan una forma final muy similar: una punta fina que asegure los ataques, unas esquinas en triángulo o semicírculo para facilitar la vibración y una zona central más densa que de soporte el sonido. Unos empiezan haciendo la punta y otros las esquinas, unos cortan capas de madera y otros raspan, unos usan navaja y otros máquina, pero lo que se busca es prácticamente igual en todos los casos.
 
Os voy a explicar mi forma de raspado (ya os he dicho que explicarlo son cinco minutos, luego hacerlo es otra cosa): cojo la caña que he montado unos días antes y, sin abrirla y en seco, raspo desde atrás hasta la punta dos canales paralelos de unos once milímetros de longitud, intentando tocar el centro lo menos posible. Doy bastantes pasadas con el cuchillo hasta que veo que he alcanzado la profundidad suficiente. Rebajo el último milímetro de la punta de lado a lado, incluido en centro, y pongo la caña en remojo. Normalmente suelo aprovechar mientras se moja esta caña para ir empezando otra, y hago varias escalonadamente.
 
Una vez que la caña se ha humedecido, le quito el exceso de agua, la abro con la placa metálica y vuelvo a repetir los pasos anteriores: de atrás a la punta y después toda la punta, apoyándome en la placa. A continuación, rebajo un poco más los lados desde aproximadamente medio centímetro de la punta para preparar el posterior trabajo de las esquinas.
 
Llega el momento más delicado: las esquinas. Con un cuchillo bien afilado raspo (no corto) en forma de triángulo, tomando como lados cortos la distancia desde el centro de la punta hasta la misma punta y una distancia igual hacia abajo, y como lado largo la diagonal entre ambos. Es muy importante que el cuchillo esté muy afilado, no hacer demasiada presión sobre la caña y, además, no llegar hasta la misma punta, porque estamos raspando de través y no siguiendo las fibras de la madera, y podríamos arrancarlas. El último milímetro lo rebajo hacia adelante, de esta manera se minimiza el riesgo de romper la punta.
 
Para terminar suelo dar un par de pasadas suaves de atrás a delante para eliminar posibles escalones. Ya solo falta volver a raspar un poco la punta de lado a lado, más o menos un milímetro, cortarla y probar nuestra caña nueva. Fácil, ¿verdad?
 
Si hemos seguido bien estos pasos, cualquier retoque que haya que hacer será repetir alguno de estos movimientos ya sea para dejarla más suave, para que vibre más, para aclarar u oscurecer el sonido, etc. Es cierto que una caña no suena mejor por ser bonita, pero si tiene bien marcadas sus partes es más fácil arreglarla o modificarla según nuestras necesidades.
 
Para dar por buena una caña, no debe ser perfecta, pero debe cumplir unos mínimos: ser flexible, estable, tener una afinación correcta y permitirnos tocar con facilidad. A partir de ahí entran el gusto y las necesidades personales de cada uno. Pero no pretendamos tener la caña perfecta después de la última pasada del cuchillo. Puede que el sonido, su timbre o su grado de dureza no sean exactamente los que buscamos, pero démosle un poco de tiempo. Toquemos con ella. Una caña, sobre todo cuando es nueva, evoluciona muy rápido y va cogiendo cuerpo. Poco a poco nos iremos adaptando y le sacaremos todo el partido. Por eso yo prefiero dejar las cañas nuevas un poco suaves. Unos días más tarde, después de haber tocado con ellas, les doy el retoque definitivo y la caña se mantiene más o menos sin cambios el resto de su vida útil.
 
Pero no pensemos que todo depende de la caña, y que ésta nos lo tiene que dar todo hecho. Nos tiene que facilitar el trabajo, es cierto, y ofrecer la resistencia justa al apoyo que ejercemos sobre ella, pero también tenemos que saber adaptarnos a muchos tipos de cañas para poder tocar siempre sin que importen las circunstancias: puede que haga frío, o que el ambiente sea muy seco, que la caña se haya quedado demasiado suave, o que se cierre, o puede ocurrir cualquier otra cosa que influya en el estado de la caña (o ¿a nadie se le han olvidado nunca las cañas en casa y ha tenido que tocar con las de un compañero?). Cuanto mejor sea nuestra técnica de emisión y embocadura, más margen de adaptación tendremos para tocar esté como esté la caña. Por eso me gusta tanto hacer ejercicios con la caña, para lograr una flexibilidad que me permita adaptarme a cualquier material en cualquier contexto. Lo mismo si tengo que combinar el oboe y el corno inglés: a mayor flexibilidad, más fácil será la transición.
 
No es buena idea tocar mucho tiempo con una única caña. Podemos crearnos una dependencia, y pretender que la caña nueva que estamos haciendo sea una copia exacta de la anterior. Y eso, sencillamente, no es posible, por lo que más arriba hemos hablado de cómo evoluciona una caña. Si la caña que estamos haciendo cumple con los mínimos, toquemos con ella, rodémosla. Así la haremos mejorar, y a la vez trabajaremos nuestra capacidad de adaptación y ganaremos en seguridad. Pero si no cumple con los mínimos y nos hace apretar, nos molesta o tenemos que falsear nuestra forma de tocar, tirémosla y hagamos otra. Nunca permitamos que tocar nuestro instrumento nos cause malestar físico. Tocar puede cansar, pero nunca tiene que doler.
 
Al cabo de los años tengo una forma de raspado que sé que me funciona, y que unida a una combinación concreta de materiales me da la seguridad de que las cañas que hago son similares entre si y sin grandes diferencias. Pero no siempre he utilizado el mismo material, de hecho he cambiado varias veces, pero siempre que he hecho cambios han sido de uno en uno: si he probado un nuevo raspado, ha sido manteniendo el material anterior; si he cambiado de palas, los tudeles y el raspado eran los de antes, etc. de forma que si hay un resultado diferente sé a qué es debido y puedo analizar si merece la pena. No soy partidario de hacer múltiples combinaciones de raspados y materiales antes de dominar perfectamente la técnica. Los experimentos, mejor hacerlos a partir de una base sólida. Mi consejo: escoged un material, escoged un raspado y cuando la experiencia os proporcione el control suficiente, entonces y no antes, empezad a buscar otras cosas, intentad mejorar, simplificad.
 
Ya han pasado mis cinco minutos. Ahora, manos a la obra.
 
 
 
JMR
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