El color del sonido I.

El color del sonido, el timbre que se puede obtener con un instrumento es una de las características más peculiares y que mejor definen a cada intérprete. Existen otros elementos, como el estilo, el fraseo o la continuidad del sonido que permiten reconocer a quien está tocando, pero lo primero que llega al oído del espectador es el color de su sonido.

Para comprender mejor cómo podemos escoger y dominar nuestro sonido merece la pena dedicar un momento a conocer cómo se obtiene cada nota en cada familia de instrumentos:

  • Si observamos cómo se obtienen las notas en el piano, es fácil observar que a cada nota corresponde una o varias cuerdas al aire que son percutidas por un macillo para producir el sonido. Son todos sonidos fundamentales.
  • En un instrumento de cuerda se obtienen las diferentes notas acortando la longitud total de cualquiera de las cuatro cuerdas presionándolas con los dedos mientras el arco produce la vibración de la cuerda. También son sonidos fundamentales (excepto los llamados, precisamente, armónicos).
  • La peculiaridad de los instrumentos de viento madera es que con una misma digitación se pueden obtener varias notas utilizando las llaves de octava o variando la presión del aire (esto último es aún más evidente en los instrumentos de viento metal). Esto es así porque con una misma digitación a la que corresponde un sonido fundamental se pueden obtener otros sonidos armónicos.

Sigamos con otro poco de explicación teórica: al tocar una nota de la octava más grave, a la vez que este sonido fundamental está sonando, aunque con menor volumen, el resto de sus armónicos naturales: su octava superior, una quinta más arriba, una cuarta más, una tercera, etc. 

La diferente intensidad con que suenan estos armónicos es la que da las características propias al cada sonido y permite diferenciar a los instrumentos entre sí. Podemos comprobarlo estudiando el espectro armónico de cada instrumento.

Un buen instrumentista debe procurar mantener el mismo color del sonido a lo largo de toda la extensión de su instrumento, pero esto no es tan evidente cuando pasamos de la primera octava. Al utilizar una llave de octava, o más presión del aire, conseguimos la nota de la octava superior eliminando el primer armónico o sonido fundamental, y si utilizamos otra llave de octava conseguiremos una doceava eliminando los dos primeros armónicos (ver la ilustración de más arriba). Es fácil comprobarlo tocando en el oboe un Do grave y presionando ligeramente con los labios para obtener el Do medio, o presionando aún más para obtener un Sol. También podemos tocar un Re grave, a continuación abrir el medio agujero para tocar un Re medio (segundo armónico), y después la segunda llave de octava para conseguir un La (tercer armónico).

Otro experimento fácil de hacer es averiguar de donde vienen las digitaciones de cada nota. Por ejemplo, si tocamos un Sol grave en el oboe y utilizamos la primera llave de octava conseguimos el Sol medio, pero ¿qué ocurre si abrimos el medio agujero utilizándolo como llave de octava? En efecto, tenemos el Re agudo (tercer armónico). Es cierto que esta nota queda muy alta, por eso complementamos la digitación con la llave del Do grave. En la mayoría de las notas agudas recurrimos a estas llaves suplementarias para mejorar la afinación, pero no es difícil averiguar cual es la digitación principal, la que viene del sonido fundamental.

Una vez sabida la proveniencia de cada nota es fácil darse cuenta de que el sonido no tiene exactamente las mismas características físicas en los tres registros, por el simple hecho de que su composición en armónicos no es la misma en todos ellos, perdiendo los armónicos más graves a medida que avanzamos hacia el agudo. El instrumentista debe buscar la manera de reducir esta diferencia buscando una mayor resonancia en estas notas que compense su relativa pobreza sonora.

Es habitual observar en los principiantes un sonido con forma de pirámide, más amplio en la base y que se va estrechando hasta llegar a las notas altas. Esto es debido a que la forma inicialmente más sencilla de llegar a éstas es apretando un poco con la embocadura. Ésto facilita su obtención, pero a costa de un sonido pobre y probablemente desafinado. La solución está en encontrar el punto justo de equilibrio entre la abertura de la garganta y de la embocadura que proporcione amplitud al sonido y la velocidad del aire que permite mantener el sonido afinado. Los dos errores más comunes suelen ser:

  • Demasiada tensión en la embocadura. El aire gana velocidad pero los armónicos producidos por la caña pierden amplitud al estar muy presionada.
  • Insuficiente velocidad del aire. En este caso, una embocadura abierta que permite un sonido amplio similar al de la primera octava no se ve compensada con una mayor velocidad del aire que permita mantener la afinación. Sobre cómo corregir ésto hablamos hace un tiempo en otro artículo de este blog.

Como regla general podemos establecer que si detectamos un sonido estrecho debemos corregirlo abriendo la embocadura o la garganta, mientras que si lo encontramos descentrado o desafinado debemos aumentar la velocidad del aire subiendo la parte trasera y lateral de la lengua para aumentar la presión y con ello la velocidad.

En próximos artículos iremos profundizando en este tema con diferentes ejercicios que espero que os ayuden a conseguir controlar vuestro sonido con seguridad .

 

JMR

 

 

 

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