El color del sonido II.

En el artículo publicado hace unas semanas en este blog empezamos a hablar del color del sonido del instrumento, explicando muy brevemente cómo se obtienen en los instrumentos de viento las notas de los diferentes registros y el porqué de las diferencias de timbre entre ellas si el intérprete no está prevenido. A modo de resumen, recordemos que las notas de la primera octava son sonidos fundamentales y por ello más ricas en armónicos que el resto, que son sonidos parciales de las primeras. En el oboe, por ejemplo, con la digitación del Re grave se obtiene el Re medio (su segundo parcial), y de la del Sol grave se obtiene el Re agudo (su tercer parcial).

Es obvio que un instrumentista debe buscar la mayor homogeneidad posible en toda la extensión de su instrumento, pero para conseguirlo debe hacer frente a los problemas acústicos mencionados en el párrafo anterior y saber compensarlos de forma que el espectador perciba un fraseo y un timbre mantenidos con flexibilidad y continuidad a lo largo de toda la obra, por grandes que sean las diferencias de registro que se puedan encontrar. Para eso, nada mejor que conocer perfectamente cómo funciona el instrumento y qué factores intervienen en cada aspecto de la emisión.

En este punto es muy importante saber diferenciar entre cantidad y velocidad de aire y qué depende de cada una de ellas:

  • Con una mayor cantidad de aire conseguiremos aumentar el volumen del sonido en cualquier tesitura, pero sin influencia en la altura del sonido.
  • Las notas por encima de la primera octava necesitan mayor velocidad de aire, de esta manera son más estables y seguras, aunque esto no debe afectar a su intensidad. Esta velocidad aumenta a medida que las notas son más agudas.

Estas dos afirmaciones pueden ser controvertidas o no resultar evidentes a simple vista, pero basta con experimentar y analizar sin prejuicios lo que ocurre cuando tocamos para darse cuenta de que éste es el funcionamiento físico real de nuestro instrumento, y a partir de ahí utilizar este conocimiento para profundizar en su dominio y avanzar. El problema es que todos los gestos y movimientos implicados en la emisión están íntimamente relacionados y es fácil mezclar unos con otros, el movimiento necesario con la compensación que requiere para mantener estables otros aspectos, o confundir la causa con el efecto.

Por ejemplo, podemos tener la sensación de que para tocar más fuerte necesitamos abrir más la embocadura. Es cierto que abrimos más la embocadura, pero ¿es realmente esta mayor abertura la que produce un sonido más fuerte, o ésta es más bien la corrección que hacemos de forma inconsciente para mantener la misma velocidad del aire cuando echamos una mayor cantidad? Para tocar más fuerte necesitamos dejar salir una mayor cantidad de aire, que conseguimos aumentando el apoyo sobre el diafragma, pero si nos limitáramos a hacer solamente esto notaríamos que el sonido va subiendo de entonación poco a poco, hasta que probablemente nos saltaría a la octava superior. Comprobadlo haciendo una nota larga desde pianissimo hasta fortissimo, pero manteniendo la embocadura estrictamente quieta. Lo que en realidad ocurre es que al echar más cantidad de aire por una embocadura con la misma abertura el aire se va comprimiendo, adquiriendo más velocidad y haciendo que suba la afinación. Por eso necesitamos abrir la embocadura en el fuerte, para que el aire mantenga la misma presión y velocidad que en el piano, aunque con un volumen de sonido mayor. La abertura de la embocadura no produce el fuerte, es la corrección que necesitamos para que a afinación se mantenga constante.

Otro ejemplo útil es analizar la sensación que podemos tener de que se necesita más velocidad de aire al llegar al final de una nota en pianissimo. Como hemos dicho más arriba, a cada nota de cada tesitura le corresponde una determinada velocidad de aire, independientemente de su volumen. Una nota más o menos aguda en un volumen medio es relativamente fácil de mantener, pero al ir llevándola hacia el piano necesitaremos menos cantidad de aire, con lo que quizá vayamos perdiendo presión y velocidad de aire. Cuando llegamos al pianisimo estamos trabajando con muy poca cantidad de aire, lo que hace que sea más difícil mantener la nota sin que baje su afinación, por eso tenemos que hacer más esfuerzo consciente para mantener la nota. No es que ésta necesite más velocidad que cuando la tocamos más fuerte, es que nos cuesta más mantener la misma velocidad.

Todo lo anterior tiene una influencia directa en el color del sonido. Si bien para obtener una nota afinada con un volumen determinado basta teóricamente con combinar la cantidad correcta de aire con su velocidad, no es tan fácil dominar la forma adecuada de hacerlo, sobre todo en las notas agudas. Algunos instrumentos cuentan con llaves de octava o portavoces que facilitan la obtención de éstas, y otros como la flauta no, pero estas llaves no bastan por si solas para asegurar el control de la emisión. Si nos limitamos a pulsar la llave de octava obtendremos un sonido muy bajo de afinación. El instinto puede hacer que, sobre todo los debutantes, lleguemos a dos soluciones igual de incorrectas:

  • Quizá apretemos un poco la embocadura, con lo que aumentamos la velocidad del aire al cerrar el agujero por donde sale, pero de esta manera también estaremos ahogando la nota, quitándole amplitud a sus armónicos y debilitando su sonido, lo que hará que suene diferente a las de la primera octava.
  • También puede que echemos más cantidad de aire para mantener estable la nota aguda. Al echar más aire por la embocadura éste se comprime, pero también hace que la nota suene más fuerte, y las notas agudas no son necesariamente siempre más fuertes que las graves.

La solución correcta es saber modificar la velocidad de aire dentro de la boca según el registro en el que estemos tocando sin modificar la embocadura, de forma que mantenemos la vibración de la nota en toda su amplitud independientemente de su intensidad. Esto se puede conseguir con los músculos de la parte trasera de la boca y con la lengua. Alternando la pronunciación de vocales como o-e-i-e-o (podéis hacer el experimento cantando estas vocales delante de un espejo sin mover los labios), observaremos cómo la lengua va cambiando de posición. Este mismo movimiento es el que utilizaremos para aumentar o disminuir la presión del aire dentro de la boca sin necesidad de variar el apoyo en el diafragma, del que depende la intensidad del sonido, ni la embocadura.

El mejor ejercicio para trabajar todo lo explicado en este artículo es una buena sesión de notas tenidas y octavas, pero realizadas de forma muy consciente y prestando atención a qué es lo que se está haciendo en cada momento y a qué gesto corresponde cada efecto.

En un próximo artículo profundizaremos acerca de cómo hacer este tipo de ejercicios y qué buscar en ellos.

 

JMR

 

 

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