¿Qué (y cómo) enseñamos?

Enseñar es algo más que mostrar a los demás aquello que uno es capaz de hacer. Si se limitara a esto, sería un proceso cerrado en sí mismo en el que cualquier progreso se vería limitado por el hecho de que toda reproducción de algo supone al mismo tiempo una pérdida de información, lo que supone que la copia siempre sea algo más pobre que el original.

El objetivo de cualquiera que se dedique a la enseñanza no es, paradójicamente, enseñar, sino conseguir que las personas aprendan de forma autónoma aquello que les interesa y en lo que están invirtiendo su tiempo y su esfuerzo. Este aprendizaje puede prolongarse mucho más allá del tiempo que el alumno mantiene relación con su profesor, y éste mismo seguirá aprendiendo de su propia experiencia durante toda su vida.

La autonomía en el aprendizaje, aunque con los consejos de los profesores o de los colegas, es aún más importante en el caso de un instrumento, en el que influyen múltiples factores que son diferentes en cada persona, como son la edad, complexión, morfología o aptitudes innatas . Para conseguir que cada uno saque el mejor partido de sus capacidades el profesor debe facilitar, partiendo de su experiencia personal, las herramientas necesarias para que puedan progresar siguiendo su propio camino, introduciendo cuando sean necesarias las adaptaciones que harán que el estudio sea eficaz.

El primer paso para explicar a otros nuestra forma de tocar, a fin de que después puedan progresar a partir de ella, es tener un conocimiento claro de cómo conseguimos realmente cada una de las cosas que hacemos de forma natural, cual es el mecanismo involucrado en cada una y de qué forma lo controlamos. Es cierto que, una vez automatizados, todos los gestos que necesitamos al tocar se activan de forma inconsciente y que esto nos permite concentrarnos únicamente en la música que queremos interpretar, pero esto, que puede ser suficiente para un solista, no lo es para un profesor. Este último necesita poder mostrárselo a sus alumnos y no suele ser suficiente con tocar el ejemplo y esperar que el alumno lo repita, es necesaria una explicación.

Para que esa explicación coherente y eficaz es imprescindible el análisis de lo que estamos haciendo, más allá de lo que en su día nos explicaron a nosotros y de las ideas preconcebidas más o menos abstractas que hayamos podido oír. Estas ideas pueden ser perfectamente correctas, pero carecerán de valor si no vienen refrendadas por nuestra propia experiencia que nos haya demostrado que funcionan o, es su caso, cuales fueron las adaptaciones que tuvimos que hacer.

Muchas veces no es sencillo abstraerse de esas ideas preconcebidas y observar de una forma objetiva qué es lo que sucede realmente mientras tocamos, máxime cuando en ocasiones lo que sentimos parece distanciarse de la teoría. Quizá esa distancia sea real y nuestra forma de tocar sea diferente, o puede que simplemente no hubiéramos comprendido plenamente esas ideas y que estemos haciendo lo que éstas expresaban aunque nosotros lo describiríamos de otra manera. También puede ocurrir que, simplemente, se hayan quedado anticuadas. En cualquier caso, lo que mejor podremos transmitir a nuestros alumnos es lo que nosotros mismo sabemos hacer realmente, una vez hayamos comprobado que funciona.

¿Qué?

Todo el repertorio, obras incluidas, que utilizamos en clase es material didáctico cuya finalidad es favorecer el aprendizaje de unos conceptos generales concretos que pueden servir para toda la vida, como pueden ser la afinación, la calidad del sonido, la flexibilidad, la articulación o el fraseo en un estilo determinado. No se trata únicamente de tocar de la mejor manera posible la pieza que estamos estudiando o de avanzar por el libro lo más rápido que podamos, sino de trascender ese material y utilizarlo para, además, aprender o profundizar en una destreza que podremos aplicar a cualquier otra obra.

Para utilizar el material de esta manera es necesario, una vez más, el análisis, que nos permitirá ver cuáles son los aspectos que podremos trabajar y qué otros no están presentes en la pieza. Una vez determinados aquellos, podremos explicar cómo conseguirlos utilizando las herramientas, explicaciones y ejercicios que nos han ayudado a nosotros a hacerlo.

Esta utilización didáctica a largo plazo el repertorio puede aplicarse a cualquier pieza, desde la más sencillas hasta las grandes obras de cualquier instrumento. Lo importante es saber extraer los conceptos generales incluidos en ella y decidir cómo le podemos sacar partido para trabajarlos.

¿Cómo?

Tan importante como saber qué es lo que podemos trabajar en una pieza y con un determinado alumno es pensar en cómo lo podemos hacer. Esto incluye tanto el tipo de explicaciones que podemos ofrecer, de una profundidad siempre adecuada a la edad del alumno, como al tipo de ejercicios complementarios que nos pueden acercar a la realización de la obra y, con ello, a a la adquisición de las habilidades que nos habíamos propuesto.

En este sentido, una vez más, una autonomía real por parte del profesor, que le permita experimentar con criterio ejercicios diferentes basados en su propia experiencia combinada con la tradición, será la forma más eficaz de transmitir ese conocimiento a sus alumnos, a la vez que estimula la autonomía de estos para encontrar soluciones en el futuro. Quizá alguno de esos experimentos no resulte efectivo y deba pensar en otra forma de trabajar, pero esto no debe desanimarle en su búsqueda: puede que sirva para otra persona o si no, al menos habrá aprendido cómo no funciona.

En resumen: cuando estamos estudiando cualquier pieza, tanto para nosotros mismos como para nuestros alumnos, debemos pararnos un momento a pensar en qué es lo que podemos trabajar con ella y cómo lo podemos hacer de la mejor manera según nuestra propia experiencia. Es la mejor manera de hacer que el estudio sea eficaz y motivador.

JMR

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