Apuntes de técnica IV. La columna de aire (4ª parte. El control de la emisión II)

Con los ejercicios propuestos en el artículo de ayer podemos conseguir un caudal regular de aire que pasa con facilidad por la garganta, lo que nos proporciona un sonido amplio, potente y de calidad. Pero esa forma de emisión es la ideal en el registro grave, pero la cosa se complica si empezamos a subir por la tesitura del oboe.

En este punto es importante tener en cuenta dos conceptos muy importantes pero no siempre son bien comprendidos o explicados:

  • La intensidad —volumen— del sonido depende de la cantidad de aire que pasa por la caña,
  • La frecuencia —altura— del sonido depende de la velocidad con que ese aire sale.

Este es un punto clave de la técnica del oboe y de cualquier instrumento de viento. Si no está bien entendido e interiorizado, se corre el riesgo de ir haciendo malas correcciones que, una encima de otra, falsearán nuestra forma de tocar. Es mejor comprender qué es lo que ocurre realmente al tocar, experimentar —si es preciso, replantearse toda la técnica desde el principio— y avanzar por el buen camino que buscar soluciones temporales que a la larga nos pueden llegar a bloquear.

El primero de los conceptos enunciados es el más intuitivo y el más fácil de dominar: si queremos tocar más fuerte basta con aumentar el apoyo sobre el diafragma para que salga más aire, y al contrario para tocar más suave —siempre sin bajar de un mínimo para que el sonido no se corte—. Haciendo sonidos filados es fácil darse cuenta de cómo podemos variar a voluntad el apoyo en el diafragma y con él la intensidad del sonido.

El segundo enunciado —el referido a la altura del sonido— es algo más complejo pero, en contrapartida, nos proporciona muchas herramientas útiles a la hora de tocar.

Probemos a tocar un Sol grave largo. Si hemos respirado bien no tendremos problemas para que se mantenga estable y afinado. Pero si a continuación simplemente accionamos la primera llave de octava sin modificar nada más —mejor si es un compañero el que nos ayuda en el ejercicio para que no hagamos correcciones involuntarias— veremos que el Sol agudo no sale como sería de esperar. Probablemente salga una nota descentrada a medio camino entre el Sol y el Fa#. ¿Que ha ocurrido?

Lo que sucede es que las llaves de octava no bastan por sí solas para obtener las notas afinadas, necesitan nuestra ayuda. Debemos conseguir una mayor velocidad de aire para subir las notas a su lugar.

Esa velocidad se consigue aumentando la presión del aire dentro de la boca. Hay instrumentistas que prefieren hablar de velocidad de aire y otros de presión, pero esto no debe llevar a confusión porque son conceptos equivalentes: la presión es la que provoca que el aire salga a velocidad. Una es la causa y la otra el efecto.

Una vez establecido esto debemos recordar siempre que necesitamos esa mayor presión en la boca y dirigida hacia la caña, no en el diafragma —de lo contrario estaríamos tocando más fuerte, y no es eso lo que queremos—.

Podemos aumentar la presión de muchas maneras, pero solo una es la correcta. En los debutantes es habitual observar al menos tres tipos de correcciones equivocadas:

  • Al darse cuenta de que el registro medio y agudo se les quedan bajos utilizando solamente las llaves de octava suelen tener el reflejo de apretar con la embocadura para subir el sonido. Al cerrar la salida del aire esta se comprime, pero el sonido se estrecha y pierde sus cualidades. Además, al corregir de esta manera se corre el riesgo de que el sonido quede demasiado alto.
  • Los hay que tocan sistemáticamente más fuerte en el registro agudo. Al echar más cantidad de aire este se comprime igualmente, pero a costa de no poder variar nunca el matiz.
  • Hay quienes caen en la tentación de usar cañas muy cerradas —una menor abertura facilita conseguir la presión—, pero esto provoca problemas en el grave —donde precisamente se necesita mucha menos presión—.

Todas estas soluciones son falsas, y como hemos visto repercuten directamente en la calidad del sonido. Lo que se debe utilizar para aumentar la presión y con ello la velocidad del aire son leves movimientos de la lengua, sobre todo de la parte lateral y trasera de la misma. Al elevar la lengua comprimiremos el aire hacia el paladar sin necesidad de cerrar la garganta y sin pérdida de calidad de sonido.

Podemos hacer un par de ejercicios para comprobarlo:

  • Delante de un espejo, cantemos una O larga y, a continuación, una E igual de larga un semitono más alta.
  • Vayamos alternando O-E-O-E-O… hasta que el gesto quede automatizado.
  • A continuación seguiremos repitiendo esas vocales, pero como lo haría un ventrílocuo, sin mover los labios. Si conseguimos diferenciar las dos vocales —no es difícil— veremos que es únicamente la lengua la que se mueve. Además lo hace precisamente del modo que luego necesitaremos para tocar.
  • Podemos continuar el ejercicio añadiendo una I (O-E-I-E-O-E-I-E-O).
  • El último paso será hacer el ejercicio con la caña, realizando el mismo movimiento con la lengua mientras mantenemos una nota larga y sin variar la intensidad , igual que cuando cantábamos las vocales.

Con la práctica conseguiremos diferenciar con la caña dos sonidos a distancia de semitono, luego tres, etc. No es muy importante qué sonidos sean exactamente, siempre que estén controlados y sean siempre los mismos con una caña determinada —la altura del sonido puede variar según la caña sea más abierta o cerrada o más o menos suave—. Trabajando este ejercicio regularmente nos iremos acercando a las notas Si-Do-Do#-Re, correspondientes aproximadamente a los registros grave, medio, agudo y sobreagudo del oboe.

Si hacemos el mismo ejercicio con el oboe practicando las octavas veremos cómo la lengua nos ayuda a canalizar el aire para afinarlas. En este punto será importante prestar especial atención a que no varíe la intensidad del sonido y que no haya golpes al cambiar de nota, como hemos explicado más arriba. Todo lo que se debe hacer es una buena inspiración que proporcione relajadamente un buen apoyo, sentir cómo el aire sale por sí solo y un sutil movimiento de la lengua al cambiar de octava. Es un ejercicio muy relajante.

Hemos explicado el movimiento de la lengua como la pronunciación de unas determinadas vocales pero cada uno, mientras toca, puede usar su propia imagen mental para controlar el gesto: hay quien prefiere pensar que dirige el aire hacia un punto bajo de la pared, luego a un metro del suelo y luego al techo según va subiendo la altura del sonido; hay quien prefiere imaginar que la lengua conduce el aire hacia los dientes superiores… cada uno tiene su truco, pero todos conducen a provocar sutiles movimientos de la lengua que dan al aire la velocidad justas para afinar los diferentes registros.

Es evidente que en el momento de tocar no podemos pensar en un galimatías de oes, íes y és, pero si hemos interiorizado y automatizado el trabajo técnico de emisión basta con pensar en cómo queremos que suene la nota para que la lengua y con ella todo el sistema sepan lo que tienen que hacer.

Este ha sido un primer paso para trabajar el control de la emisión. Por ahora es suficiente para mantener la calidad del sonido en los diferentes registros con notas largas sin variaciones de matiz y controlando los saltos de octava. En posteriores artículos hablaremos de cómo combinar cambios de registro y de intensidad, cómo atacar directamente con seguridad notas en diferentes registros, ejercicios de flexibilidad, de vibrato, etc.

JMR


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