La música y los deportes de fondo. Reflexiones acerca del oficio de profesor

Juan Mari Ruiz

El presente artículo fue publicado en 2014 en la revista de la Asociación de Fagotístas y Oboístas Españoles (AFOES).

Artículo 1

Quien vea el título de este artículo podría pensar que las dos actividades que en él se mencionan poco o nada tienen que ver la una con la otra, y que si existe alguna similitud, ésta no pasa de ser circunstancial y un poco forzada. Pero si el lector tiene la paciencia de seguir adelante por estas líneas, verá que las semejanzas son mucho más profundas de lo que parece a simple vista y de qué manera las estrategias de planificación, estudio y entrenamiento en estos dos ámbitos son similares y se refuerzan mutuamente.

Introducción

Para situar la cuestión, se me disculpará que empiece hablando de mí mismo, pero lo que se describe en este artículo parte de mi experiencia personal y de las personas que he tenido a mi lado.

En lo que puedo recordar, siempre he sido músico: cuando siendo muy pequeño iba con mi madre a ver los conciertos quincenales de la Banda de Irun donde tocaba mi padre, cuando con siete años él mismo me enseñó las posiciones de las notas y los primeros pasos con el oboe, cuando al año siguiente empecé en el Conservatorio de Bayona, cuando fui a estudiar a París, cuando conseguí trabajo con mi instrumento… hoy. La música es una actividad que siempre me ha acompañado y que con el tiempo se convirtió en mi profesión.

Mis inicios en el deporte fueron un poco más tardíos. Aunque siempre me había gustado andar por la montaña o ir de vez en cuando a andar en bicicleta, no fue hasta los veintitantos años que empecé a practicar deporte con regularidad y de una manera planificada. Y una vez que he conocido el deporte por dentro, se ha convertido en una parte imprescindible de mi forma de vida, hasta llegar a día de hoy a haber terminado treinta y seis maratones y muchas marchas cicloturistas.

Antes de entrar en materia y por lógica precaución, no puedo dejar de recomendar que si, tras la lectura, alguien quisiera empezar a hacer deporte con intensidad, previamente se haga un reconocimiento médico para comprobar que no hay ninguna contraindicación y que va a poder aprovechar todos sus beneficios plenamente.

Salud

Quizá lo primero que salte a la vista, lo más evidente, sea que la práctica del deporte obliga a mantener unos hábitos de vida saludables. No se trata se obsesionarse, pero el deportista cuida lo que come, no fuma y bebe con moderación, costumbres todas ellas convenientes para cualquier persona. Por supuesto que hay momentos en los que hay que saber apreciar la buena mesa, pero la dieta habitual debe tender a ser equilibrada, lo que repercute en un mejor estado físico general, y también anímico. Sabiendo qué es lo que le conviene a nuestro cuerpo lo mantendremos en forma y nuestra actividad como músicos nos requerirá menos esfuerzo. Aplicaremos a nuestro trabajo el viejo lema de mens sana in corpore sano.

Eficiencia

No podemos olvidar que la práctica de un instrumento de viento es, al margen de sus valores emocionales y artísticos, una actividad de gran exigencia física. Al realizar un ejercicio aeróbico, (correr, bicicleta, natación) aumentamos nuestra capacidad pulmonar y el control de la respiración. Mientras estamos corriendo, si lo hacemos con una técnica adecuada, la respiración es relajada y se apoya en el diafragma, porque es la manera más eficiente de oxigenar el organismo. Muchas veces he comprobado en carrera que la respiración se mantiene de esta manera sea cual sea la distancia, desde el kilómetro uno al cuarenta y dos. Únicamente se agita si hacemos un cambio de ritmo muy brusco o al esprintar, pero ahí entramos en el ejercicio anaeróbico (con déficit de oxígeno, al gastar más del que entra por la respiración) que solo se puede mantener durante unos segundos. Este tipo de «respiración deportiva» es, evidentemente, la ideal para tocar un instrumento de viento, pero tiene también otros ámbitos de aplicación: muchos ejercicios de relajación y visualización, practicados por cualquier instrumentista, tienen su base en la respiración diafragmática.

También se mejora el tono muscular y se desarrolla la resistencia y la eficiencia durante el esfuerzo. Al conocer mejor nuestro propio cuerpo, sabemos cual es el gesto muscular más efectivo para correr con fluidez, y ese mismo conocimiento lo podemos aplicar al instrumento: buscar la postura más adecuada, la pulsación más ágil y la forma de tocar más económica. Además, al igual que al correr vamos ganando en fondo físico, al ir acumulando estudio bien realizado vamos ganando la necesaria resistencia con nuestro instrumento. Porque si debemos tocar un concierto de una cierta duración, nuestro nivel de resistencia debe estar por encima de ese tiempo, para que el aspecto físico no interfiera con nuestra idea artística ni con nuestra interpretación.

Igual que es importante calentar bien al principio, al acabar una sesión de entrenamiento siempre es recomendable hacer una buena sesión de estiramientos. Lo mismo se puede aconsejar a un instrumentista: unos ejercicios suaves de calentamiento antes de la sesión de estudio (espalda, brazos, embocadura, sonido) y unos estiramientos después, para evitar en la medida de lo posible los problemas físicos. Son pequeños detalles que con el tiempo agradeceremos.

Por otra parte, al practicar ejercicio al aire libre compensamos nuestra actividad profesional en lugares cerrados. Tiene un encanto especial salir bien abrigado a correr una fresca mañana de otoño, quizá con un poco de lluvia fina, antes de ir al conservatorio o al ensayo. A lo largo del año vemos cómo el paisaje va cambiando, cómo los mismo lugares no parecen iguales. Y al empezar el trabajo, ya hemos estado en la playa, o por el bosque, o en el parque. Nos hemos oxigenado y la jornada se ve de otra manera.

La importancia del descanso

Un aspecto muy importante que no siempre se tiene en cuenta y que la regularidad en el entrenamiento nos ayuda a valorar en su justa medida son los momentos de descanso y recuperación. Porque no es una cuestión de cantidad: no se trata de entrenar o estudiar mucho, sino de hacerlo bien. Las pausas entre los momentos de mayor intensidad del estudio/entrenamiento son necesarias para asimilar las mejoras y evitar el «sobreentrenamiento» y la fatiga física y mental. Por eso se estructura el entrenamiento para alcanzar uno o varios «picos de forma» durante la temporada y en períodos de carga, de unas tres semanas cada uno, con una semana de recuperación activa entre ellos. Igualmente, debemos planificar nuestro estudio por etapas para llegar en las mejores condiciones a nuestro objetivo principal, y alternando momentos de más intensidad con otros más relajados, de forma que lleguemos a nuestra actuación con el repertorio perfectamente dominado pero con la motivación intacta y físicamente en forma. Cuando hablamos de recuperación activa no queremos decir que se suspenda cualquier ejercicio, sino que se debe bajar el volumen y/o la intensidad, o diversificar la actividad: practicar otro deporte o cambiar el repertorio. Es el momento de hacer una evaluación de los progresos y valorarlos en su justa medida para decidir si conviene seguir con el plan tal como estaba previsto o hay que adaptarlo.

Quizá un deportista note más fácilmente cuándo se está excediendo en el entrenamiento, cuándo empieza a estar «pasado de forma», porque los tiempos ya no mejoran o empieza a tener molestias. Pero un músico es fácil que no se dé cuenta de que el estudio tal como lo está llevando ya no le hace mejorar sino que, al contrario, le está empezando a causar problemas que le pueden llevar a problemas físicos o de estrés. Insisto en que se debe realizar un constante ejercicio de reflexión y análisis del estudio para adaptarlo a cada momento y circunstancia concretas, de forma que siempre le saquemos el mejor partido. Y si la forma más efectiva de estudiar en ese momento es descansar, descansemos. Al igual que un deportista no puede rendir al cien por cien durante todo el año, un músico tampoco puede hacerlo. Se trata de encontrar un buen nivel medio que nos permita realizar nuestro trabajo con seguridad, pero estructurando la temporada para que los «picos de forma» coincidan con los compromisos más importantes, y dedicando tiempo al descanso y la recuperación. Es la mejor manera de mantener la motivación. Y un profesor motivado, y musical y pedagógicamente activo es quien mejor sabrá transmitir sus alumnos la ilusión por mejorar y avanzar con su instrumento.

Esparcimiento

Yendo más allá de los aspectos meramente físicos, practicar seriamente una segunda actividad nos proporciona una vía de esparcimiento para no estar siempre pensando en los mismos temas. Y este esparcimiento suele funcionar en los dos sentidos: en ocasiones el salir a correr es una escapatoria en los períodos de más trabajo y, en otras, tocar el instrumento sirve de alivio en las épocas de entrenamiento más intenso. En mi caso esa segunda actividad es el deporte, pero para otras personas puede ser cualquier otra: pasear, leer, la fotografía, escribir, el cine o el teatro, quién sabe. Lo importante es que cada uno encuentre una actividad que le motive y que haga con gusto. Muchas de las ideas que luego he llevado a la práctica con mis alumnos o conmigo mismo (escribir este artículo, por ejemplo) se me han ocurrido mientras entrenaba. Es un momento en que la reflexión es más libre, la mente explora otras posibilidades y la actitud es más positiva.

Al tener dos ámbitos importantes en nuestra vida (en este artículo hablamos de actividades personales y realizadas por y para uno mismo, no de la familia, relaciones sociales u otras igual de importantes) tenemos un campo más amplio donde buscar alicientes que hagan que siempre encontremos un motivo para decir que ese día ha merecido la pena. También podemos de esta manera diversificar nuestros objetivos para que nuestra autoestima no dependa de los resultados de una única actividad. Aunque la música sea nuestra actividad profesional y el deporte no, y la importancia objetiva de los resultados en una y otra no sea equivalente, subjetivamente nos ayuda el saber valorar los resultados en ambas.

Motivación, planteamiento de objetivos y planificación

Para mantener un buen nivel profesional y para tener una actitud positiva ante la vida es primordial mantener la motivación. Tener siempre un objetivo en el horizonte, en cualquier ámbito de nuestra vida, nos ayuda a seguir adelante en todos los demás, y el deporte (o la actividad que cada uno elija) nos da otra oportunidad de buscar esos objetivos que nos estimulen. Y un profesor debe mantener siempre constante el interés de sus alumnos, proporcionándoles objetivos, explicaciones y material que les mantengan motivados.

A la hora de plantearnos objetivos tenemos que ser realistas y elegirlos en función de nuestras auténticas capacidades. De nada sirve una meta, en el deporte o en la música, demasiado alejada que no nos proporcionará más que frustración. A medida que vayamos evolucionando, nuestras metas serán más ambiciosas y nuestra percepción de nosotros mismos irá mejorando a medida que las superemos. Y si a pesar de nuestra previsión, el objetivo se demuestra demasiado ambicioso aún para nosotros, nos servirá de reflexión para el futuro e ir conociéndonos un poco mejor. Es misión del profesor el asesorar a sus alumnos y orientarles hacia lo que más les va a ayudar en su evolución como músicos, aprovechando sus ilusiones pero haciéndoles ser realistas. Aunque el objetivo final sea el mismo para todos si quieren llegar a ser profesionales (dominar su instrumento), los caminos para alcanzarlo son infinitos y deben ser estudiados para cada persona de forma individualizada.

Por eso son tan importantes los objetivos intermedios: si queremos correr nuestro primer maratón, no empezaremos entrenando cuarenta kilómetros. Al principio haremos unos pocos minutos a ritmo suave, unas semanas después iremos aumentando el kilometraje, después la intensidad, nos probaremos en una carrera de pocos kilómetros (primer objetivo intermedio), unos meses después haremos un medio maratón (otro objetivo intermedio) para llegar a nuestra prueba estando verdaderamente preparados. Si en el maratón conseguimos nuestro objetivo, ¡enhorabuena! Pero, si no lo logramos, por un lado reflexionaremos acerca de qué podemos mejorar la próxima vez, y por otro, debemos valorar objetivos intermedios que, si los hemos planificado bien, ya son un logro en sí mismos.

El año en que mejor entrenado estaba hice varios medios maratones, además de la Behobia-Donostia, para preparar mi gran objetivo: el Maratón de San Sebastián. En varios de ellos mejoré mi marca previa y también en la Behobia, estaba mejor que nunca para hacer mi mejor marca en el maratón. Pero el día de la carrera empecé con molestias en el estómago, no podía mantener el ritmo que tenía previsto y ni siquiera podía beber en los avituallamientos, y me tuve que retirar en el kilómetro diecisiete. No conseguí mi objetivo pero ¿fracasé? No. Todos esos objetivos intermedios conseguidos hacen que recuerde esa temporada como la mejor.

Aplicado a la música, cuando somos estudiantes la mayoría tenemos como nuestro objetivo llegar a tocar en una gran orquesta y nuestros profesores, si ven que tenemos aptitudes, nos van preparando para ello. Entre el profesor y el alumno se establece una planificación que a lo largo de los años nos ayuda a mejorar nuestro nivel y vamos progresando en el conservatorio, en la banda, en jóvenes orquestas, hasta que llegamos al mundo profesional. Confieso que cuando empecé a trabajar como profesor de oboe pensaba que sería una etapa provisional hasta que entrara en una orquesta, cosa que nunca sucedió. Han pasado veinticinco años, y no le cambio mi trabajo a nadie. Lejos de ser una frustración, me di cuenta de que dedicarme a la enseñanza era mi auténtica vocación y lo que más satisfacciones me reporta, a pesar de que no hubiera sido mi objetivo principal. Aunque, por supuesto, sigo tocando, colaboro con varios grupos y mantengo mi nivel instrumental. Porque, si no ¿qué enseñaría?

Regularidad y constancia

Es evidente que tanto en la música como en el deporte es necesario mantener unos hábitos de regularidad en el estudio y el entrenamiento. De nada sirve estudiar mucho durante una temporada si luego no se tiene continuidad. Sobre todo en la etapa de estudiante, es imprescindible que el trabajo sea constante aunque, como ya hemos dicho más arriba, no sea siempre de la misma intensidad. Y también es importante saber retrasar la recompensa inmediata en pos de un objetivo mejor, aunque más alejado. Hay que saber vencer la tentación de la pereza, no retrasar un trabajo que tarde o temprano deberá ser realizado, seguir nuestra planificación, salir a entrenar sin la excusa de que está lloviendo, estudiar aunque no tengamos la mejor caña… Todo ello sabiendo que, a la larga, ese esfuerzo es el que nos proporcionará las recompensas verdaderamente importantes.

Quizá estos valores de trabajo y esfuerzo, no siempre bien comprendidos por otros, sean valores que en nuestra actual sociedad se han ido dejando de lado, en busca de un beneficio instantáneo con el menor esfuerzo y banalizando lo que una persona puede esperar o puede buscarse en la vida. Pero estudiar un instrumento o iniciarse seriamente en el deporte es una inversión a largo plazo en la que la acumulación de trabajo bien hecho, a base de calidad y no únicamente de cantidad, nos llevará a conseguir nuestras metas pasando por todos los objetivos intermedios que nos hayamos ido fijando a lo largo de nuestra carrera, y a través de ellos seremos conscientes de nuestra progresión, con lo que podremos mantener siempre alta nuestra autoestima.

Preparación del gran día

La plasmación de nuestro esfuerzo llega con nuestro concierto, examen o competición. Es un día especial que debe ser preparado como tal. Toda nuestra planificación y nuestro trabajo confluyen en él. Si hemos hecho bien las cosas, llegaremos preparados pero descansados y motivados. La semana anterior a una carrera el volumen de entrenamiento disminuye drásticamente: de nada sirve una acumulación exagerada de kilómetros a última hora, igual que es inútil estudiar al final lo que no hemos trabajado en las semanas anteriores. Este estudio apresurado no nos generará más que dudas y hará que lleguemos al concierto intranquilos. Todas las dificultades técnicas deben ser superadas con antelación, para que puedan ser debidamente interiorizadas y no supongan una causa de incertidumbre. Los días anteriores al gran día son el momento de mantener lo aprendido y reservar fuerzas físicas y mentales. Con un estudio o entrenamiento inadecuados es más lo que podemos perder que lo que podemos ganar a en esos días.

Un hábito muy interesante para preparar una actuación es hacer un ejercicio completo de relajación y, en el momento en que estemos realmente tranquilos, acercarnos mentalmente a nuestro concierto y visualizar cómo pensamos que van a suceder las cosas: cómo vamos a ir, cómo nos vestiremos, cómo saldremos a la actuación, cómo es el escenario, de qué color es el telón, y repasar de memoria todo el programa que vamos a interpretar. Cuantos más detalles añadamos a nuestra visualización, el público, la iluminación, más nos ayudará el día del concierto, porque ya no será una experiencia nueva: aunque sólo sea mentalmente, ya la habremos vivido y nos resultará más familiar.

Mientras hacemos esta visualización tenemos que cuidar de que todas nuestras referencias mentales sean positivas, y desterrar cualquier pensamiento que nos cause inquietud. Debe dejarnos una sensación placentera que nos dé ganas de tocar.

Valoración de los resultados

Después del gran día llega el momento de valorar lo conseguido con la mayor objetividad posible, para continuar con nuestra planificación o modificarla. Es mejor no hacer esta reflexión en caliente, sino esperar unos días. Justo después de un concierto podemos dejarnos llevar por el halago fácil del público o, por el contrario, hacer una valoración pesimista por algún aspecto que contemplado a posteriori no tiene la importancia que le dimos al principio.

Quizá sea en este punto donde más se diferencian las dos actividades objeto de este artículo: mientras que una marca deportiva es un hecho absolutamente objetivo, una actuación musical dista mucho de serlo. El tiempo que marca el cronómetro está ahí, y ese es nuestro nivel ese día. En cambio, el resultado de un concierto es en gran medida subjetivo. Por eso es tan importante tener a nuestro alrededor personas de confianza, profesores o colegas, que con sus comentarios nos ayuden a formarnos una idea lo más realista posible acerca de nuestra actuación. El intérprete ya sabe qué personas son de confianza y tienen una opinión formada y constructiva y quiénes no. Y la persona que comenta la actuación tiene que saber expresarle su opinión pensando en el efecto que le puede causar. No se trata de callarse cosas ni de sobrevalorarle, la clave está en el cómo se dicen las cosas. Se puede ser severo pero justo, y sobre todo se debe ser constructivo. En beneficio de todos.

Espero que este artículo anime al menos a algún músico a buscar una segunda actividad que le ayude en todo lo mencionado en él.

La mía es el maratón y la bicicleta de carretera.

¿Cuál es la tuya?

Juan Mari Ruiz

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